• Garantías de satisfacción

    Hace un tiempo vengo pensando seriamente en la moral y la justicia, sin muchas conclusiones exitosas a pesar de todo. No está de más aclarar que si bien son dos categorías universales, son llenadas con diferentes valores para cada ser pensante.
    Desde que soy chica, no sé si por mi entorno o por qué extraño motivo, siempre traté de buscar la expresión mínima de las cosas en las que ponía foco. Por ejemplo, cuando estudiaba bellas artes, buscaba la expresión mínima de la composición, basándome en las expresiones más despojadas de  armonía y dinamismo para poder extrapolarlo y a partir de eso tener un sistema de composición escalable basado en ciertas  reglas satisfactorias y efectivas.  

    Este mecanismo interno no es opcional para mí. Si no intelectualizo ese proceso, no puedo hacerlo de manera instintiva. No siempre funciona, pero no tengo una alternativa. Así armo mi corpus de certezas. Todas fueron contrastadas y puestas en tela de juicio, examinadas y puestas a prueba en diferentes escenarios para asegurarme de no cristalizar una certeza falaz. Y debo admitir que si bien no son muchas, las que tengo me hacen la vida mucho más fácil y estoy muy orgullosa de ellas. 

    Cuando llegó el momento de desarrollar una certeza sobre la justicia tuve que ir a buscar en mi categoría de “bien” y de “mal”, como alguna vez cuestioné “lo bello” y “lo feo”. ¡Mamma mía! ¡qué bardo! Obviamente estas categorías (bello, feo, bueno, malo) son relativas a la cultura en la que se piensan y dependen de infinitos factores, muchos de ellos imposibles de asir por mi pequeña mente. No voy a cuestionar la necesidad de que tengamos valores en común entre miembros de la misma comunidad, esto nos simplifica mucho la convivencia. Sin embargo, el hecho de que sean relativos a quien los tiene, me obliga a cuestionarlos.

    Sí, estoy moralmente obligada a cuestionar los valores morales. ¿Por qué? Porque necesito asegurarme de no estar almacenando en mi inconsciente certezas falaces, ya que en los momentos de crisis son ellas las motoras de mis acciones. Y no estoy en condiciones de desperdiciar una sola oportunidad de autosuperación (tal como son los momentos de crisis en contraposición con los momentos de estancamiento). 

    Todo el tiempo busco explicaciones de por qué tal o cual acción sería buena o mala, y desde qué punto de vista. Luego cuestiono por qué yo apoyaría tal o cual punto de vista y si el supuesto beneficio o perjuicio son tales o simplemente percibidos. Esto consume mucha energía y aún así no logro identificar los motores falaces que me llevan a actuar de forma perjudicial para mí. Esos motores están en mis puntos ciegos de la conciencia. Trabajo todo lo que puedo y observo pacientemente, pero a veces no sé dónde fijarme, y muchas veces pierdo el referente, provocando que me maree y frustre horrendamente.

    De todos modos, mientras esté viva voy a seguir intentando superar estos obstáculos, sólo es cuestión de tiempo cuánto tarde en ir resolviéndolos.

    En fin, estoy desvariando. El asunto es que cada vez me convenzo más de que es inútil y hasta perjudicial para la propia psiquis pensar que existe una justicia global. Me pasa que observo las viejas indignadas de manual impersonadas por seres humanos de todas las edades y círculos sociales. No sé si la indignación y la pretensión de superioridad moral es un fenómeno internacional y eterno, pero sin dudas lo estoy viendo cada vez más seguido entre gente no tan ajena a mi. Me dan ganas de consolarlos (a las víctimas de la arrogancia) diciéndoles que nadie les debe nada, que sólo porque a él/la le beneficie algo no significa que eso sea “lo bueno” y que por lo tanto su indignación está fuera de lugar, que simplemente a veces las cosas suceden y nadie compró una garantía de la felicidad y la satisfacción en la vida. Yo ingenuamente creo que esto va a calmar a la otra persona al darse cuenta de que nadie lo embaucó, simplemente tenían expectativas falsas, pero resulta que no. En muchos (la mayoría de los) casos se ofenden porque (y esto es lo que estoy tratando de rastrear) alguien de alguna manera los convenció de que su satisfacción es responsabilidad del resto de la sociedad y de cada uno de los miembros de la misma, sin que, obviamente, dicha persona haya hecho alguna cosa más generosa que haber nacido en esa sociedad.

    Todavía a mis tiernos 30 años me sorprendo cuando veo esta actitud. 

    Yo sé que las leyes poco y nada representan las necesidades del pueblo, y que si bien hay muchas que protegen la convivencia entre vecinos, rara vez se hacen cumplir. En general el adhesivo social es el sentido común. Eso significa que los valores de cada una de las personas que viven y se cruzan por una zona no estén en conflicto unos con los otros. La única manera que yo encontré de protegerme de la falta de sentido común de algunas personas que me crucé en la vida fue tratarlos como locos una vez diagnosticado el desfasaje de valores entre los suyos y los míos. Les digo lo que necesiten escuchar para alejarse lo antes posible y de la forma menos dañina para ambos. 

    No voy a decir que me gusta que eso pase, pero no me angustia ni me sorprende que haya gente que sienta diferente. Por “sentir diferente” no me refiero a un rolinga vs. un metalero, sino alguien que considera que tiene autoridad sobre la vida y muerte de un tercero vs. otro que piensa que es inadmisible decidir por otro, como uno no toleraría que decidan por uno.